Para los cansados y agobiados

“Solo sé que tengo miedo
Pero no sé bien de qué”

Amén, Los Montaner

“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados,
y yo les daré descanso”

Mateo 11:28

Recuerdo que, cuando tenía algo así como 16 años, escuchaba el término “ansiedad” y no sabía lo que significaba.

Buscaba en el diccionario y encontraba definiciones como esta: “Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo” (RAE). Lo veía descrito como la sensación de que algo malo pasará sin que haya pasado aún.

Pero no entendía.

“¿Cómo se siente eso?” “¿A qué se refiere exactamente?” “¿De qué habla la gente cuando dicen que están ´ansiosos´?”, le preguntaba a mi papá.

A veces, quisiera volver a ser esa persona que fui, esa versión de mí que no sabía lo que ansiedad era. Quisiera volver a tratar de hacer que tuviera sentido en mi cabeza, porque no tenía forma de entenderlo por experiencia propia.

Sin embargo, aprendí. Aprendí quizás tarde en la vida, pero aprendí.

Ansiedad, bien la definen como preocuparse hoy por los problemas de mañana; problemas que todavía no estamos seguros de que pasarán. Ansiedad es creer que lo peor puede ocurrir y vernos ahí, viviéndolo.

Ansiedad es soñar que tus sueños no se cumplen, que tus miedos se vuelven realidad, que las cosas no resultan.

Es normal, por tanto, que mi yo-más-joven no tuviera una categoría para ese término. Es un absurdo. ¿Por qué alguien se haría eso a sí mismo? ¿Por qué alguien se arruinaría los momentos de esa manera? Quizás se deba a que, en nuestra vida de adultos, nos da una cierta sensación de control poder predecir lo malo y ver qué podríamos hacer en ese caso.

Pensamos que, tal vez, si las malas noticias no nos toman por sorpresa, podemos hacer algo para remediarlas. Queremos estar listos para cuando la felicidad se nos arruine, porque puede ocurrir en cualquier segundo.

Si no sabes a lo que me refiero, si suena loco lo que escribo, es probablemente bueno. Significa que no lo has vivido y espero que nunca te pase. Sin embargo, si te ha pasado, sé que no tengo que explicar nada más. Sabes exactamente de lo que hablo. Sabes que parece no haber sitio donde esconderse.

En mis años luego del descubrimiento de la ansiedad, he aprendido qué cosas hacer para sentirme mejor. He hallado que, por ejemplo, hablar con otros de lo que me pasa es muy útil. Me sirve sentarme frente a una persona muy paciente y contarle lo que me preocupa. Me ayuda describir cada uno de mis miedos: “¿Y si no se da?” “¿Y pierdo?” ¿Y si creen lo peor de mí?” “¿Y si ya no confían en mí después de esto?” “¿Y si lo arruiné todo?”

Ese amigo paciente y fiel me escuchará y me ayudará a ver la irracionalidad de muchos de mis temores; me recordará que Dios está conmigo y que puedo confiarle hasta los más pequeños detalles de mi vida.

No me sirve, como a algunas personas, refugiarme en la naturaleza por varios días; pero, sí me hace bien irme de viaje con amigos y explorar nuevos lugares. De pronto, los problemas que parecían tan grandes se ven más pequeños cuando vuelvo. También me ha resultado útil hablar con un psicólogo y tratar de identificar las raíces de mis miedos.

Hay un antídoto, sin embargo, que me ha parecido el más efectivo de todos. Voy tras él en mis días más oscuros, en mis momentos más difíciles, cuando siento que ya no puedo más. En mis momentos más brillantes, recuerdo ir a la siempre-confiable presencia de mi Padre Celestial. Hay algo increíblemente sublime en la naturaleza de Dios que siempre me tranquiliza y me llena de paz.

Cuando vengo a Él, cansada del camino, desesperada y agitada, la forma en que calma la tormenta en mi interior me recuerda cuán grande y real Dios es. Al igual que me resulta difícil explicar cómo se siente estar ansioso, también me resulta difícil explicar cómo se siente cuando Dios levanta la opresión de mi corazón; pero, es real.

Es como si volteara y ya no pudiera ver a los que me perseguían. Pareciera que las dudas, las incertidumbres y los temores se desvanecieran y apenas pudiera recordar qué era lo que me angustiaba. Es Dios quien me hace descansar, quien me hace creer que el mañana está en Sus manos y no tengo de qué preocuparme.

Este post es para decirte que soy como tú: me preocupo por todo, me asusto a menudo, me inquieto por cosas que no tienen sentido. Pero, también es para decirte que, afortunadamente, Dios no es como nosotros. Él no se angustia. Él no está ansioso, y Él nos promete que, si vamos a Él, finalmente podemos descansar.

One Reply to “Para los cansados y agobiados”

  1. Cuando vengo a Él, cansada del camino, desesperada y agitada, la forma en que calma la tormenta en mi interior me recuerda cuán grande y real Dios es….. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii que bueno saber que nunca se cansa de escucharme jajajaja

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